La ciudad de los pulpos


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Pulpo

Debo admitir que durante nuestros trabajos en el barco griego hundido en el Grand-Congloué se produjeron al­gunos accidentes cuyas víctimas fueron nuestros amigos los pulpos. Los buceadores trabajaban el día entero para liberar la carga con una potente chu­padora, en condiciones difíciles, cegados por nubes de lodo. Los pequeños pulpos residentes, molestos por este zafarran­cho, se dejaban a veces alcanzar por la chupadora y eran lanzados sin miramien­tos a 50 metros más arriba. Varias veces llegaron entre los restos del barco formas viscosas y enredadas, grises o rojizas, provistas de tentáculos y ventosas. Pues sí, pulpos chupados por la máquina infer­nal salían de ella bastante malparados. En la isla de Porquerolles, cerca de To­lón, la bahía de Alicastre ofrece un pano­rama muy diferente al de la costa recor­tada de la región marsellesa. Sin embar­go, es aquí donde nos topamos con una verdadera ciudad de pulpos, de grandes dimensiones y apasionante de explorar. Cuando llegamos, dirigidos por mi amigo Frédéric Dumas, que la había descubier­to, creímos que se trataba de una broma pesada; por muy decidido que esté a adaptarse, un pulpo jamás podría vivir en este fondo liso, cubierto de lodo y de are­na. Sin embargo, Dumas no nos había engañado: aquella zona estaba sembra­da de baldosas de piedra tallada, sin duda restos de un naufragio, y los ingeniosos octópodos habían imaginado una brillan­te estrategia para poder sacarles parti­do. El azar había hecho caer las baldosas a cierta distancia las unas respecto de las otras. Era un hecho positivo para los pulpos, cuyo temperamento es solitario. Varios de ellos consiguieron levantar una loseta y atrancarla con algunas piedras formando un ángulo inclinado. Se convir­tieron en casas de lujo para los mayores. Los otros se tuvieron que contentar con excavar una galería de 50 centímetros de longitud debajo de sus baldosasa. Acumularon delante de la entrada de sus guaridas piedras y objetos diversos recogidos a veces muy lejos de allí. Algunos de estos objetos estaban adornados con anémonas o con ceriantarios, constituyendo así una especie de jardín. Con un tentáculo rodeando esta pila, los pulpos nos esperaban; cuando nos acercábamos recogían esta acumulación de objetos como quien cierra la puerta.

Jacques Yves-Cousteau
Los secretos del mar

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